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Friday, July 15, 2016

Esther Tusquets – Habíamos ganado la guerra





En Habíamos ganado la guerra, Esther Tusquets, una hija del franquismo sociológico, relata su evolución del franquismo al progresismo a través del falangismo. No es un tránsito ideológico, sino religioso. A lo largo de todo el relato la religión es el tema que subyace y que preocupa a la autora, y no las cuestiones ideológicas. El libro demuestra lo obvio, que en España la peña se hizo socialista desde el catolicismo, sin ninguna necesidad de leer a Marx, bastaba con la catequesis.

Además, la religión en España hay que entenderla como una parte de la dimensión colectiva de uno, como identidad y no como fe. La religión es la base de una pertenencia tribal, sin más, y no se accede a ella por la fe del meditabundo sino por contagio social. Mimetismo, vamos.


En el fondo, el libro, cuenta la aparición del progresismo como nueva religión política triunfante, y como la única forma de militancia postcatólica posible para cualquier persona de carácter ambicioso o acomodaticio o religioso. Religioso, sobre todo, como la propia Esther Tusquets.


La autora es encantadora y admirable, su libro está bien a ratos y a ratos muy bien. Mientras lo leía yo creía que ella era perfectamente consciente de lo que estaba narrando y de su significado, ya digo, que el franquismo católico se “seculariza” en progresismo por la vía del falangismo. Pero entonces llega el párrafo más decepcionante y revelador, el último párrafo del libro y, sobre todo, su última frase:

“Supe definitivamente, aquella noche, que, si bien no era cierto que la guerra civil la habían perdido todos, porque a la vista estaba que unos la habían ganado (y lo sabían bien) y otros la habían perdido (y nadie iba a permitirles ignorarlo ni olvidarlo), yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos.”

Asombroso, en un solo párrafo el “habíamos” que da título al libro se convierte en un distante “habían”, aparece la tercera persona y desaparece la primera. El tránsito identitario ha culminado, su Nosotros se convierte en Ellos, y sin una pizca de introspección ni culpa… ni ideología.

Me he redimido sin hacer nada. Heredo toda la pasta debida al franquismo familiar, heredo la empresa de papá… pero me distancio de la complicidad y la culpa.

Oh, casualidad, justo en el momento en el que los supuestos perdedores se iban a convertir en los nuevos ganadores ella cambia de bando. Y este hecho no despierta en ella misma ninguna sospecha. 

Los escritores que me gustan no tienen piedad consigo mismos, se exponen desnudos sin miedo a la primera persona singular, y por eso nos explican. A un escritor, ya que le voy a dar unas horas de mi tiempo, le pido que sea capaz de explicar las motivaciones últimas que hay tras sus actos y que así me ayude a entender las mías. Y no que se dedique a elaborar y exhibir una idea complaciente de sí mismo. ¡Por favor, que la vas a palmar, olvídate del ego! La introspección sin piedad, de quien se usa a sí mismo como cobaya, marca la diferencia entre un escritor del que aprendo de uno superficial, vanidoso y satisfecho.

En mi opinión, Tusquets, con esta necesidad ridícula de forzar la coherencia para encajar su propia vida en el relato del progresismo, el relato religioso con el que la autora da sentido a su vida y según el cual pretende haber vivido y trascendido, sólo demuestra cómo su instinto de pertenencia limita su capacidad de introspección y su humanismo.

Es la peor frase que servidor haya leído para rematar una lectura sobresaliente, una guinda hecha de purines gregarios, de necesidad de aceptación y de un más que sospechoso interés personal, material y psicológico, camuflado de compromiso ideológico.

“yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos.”

Anda ya.

Con esta última frase la autora desbarata gran parte de sus méritos. Muchos franquistas, como siempre sucede en periodos de transición, se hicieron progresistas o nacionalistas y ostentosamente antifranquistas desde el poder y para seguir disfrutándolo.

Más sincero habría sido:

Yo, hija de los vencedores, para seguir formando parte de quienes detectaba como "la mayoría" y seguir así gozando de todos sus privilegios y ventajas, pasé a pertenecer al bando de los nuevos vencedores…. Y sin siquiera ser consciente de que lo hacía porque iba teledirigida por el campo de fuerza gregario al que pertenecía. Eso sí, luego racionalizo mis actos y, a mis ojos, soy la pera limonera.

Es triste constatar que la autocomplacencia es capaz de transformar a una narradora brillante en una escritora mediocre. El conformismo es magnífico, droga dura, pero no hace escritores que nos ayuden.



*Mientras sigo con mi contestación a Elefanta...


Wednesday, July 20, 2011

La Lengua de la Identidad (2ª parte)

Antes de ponerme con la difícil contestación a Elefanta subo este párrafo que acabo de encontrar. Encaja perfecto con la expresión “Voces Ancestrales” y los primitivismos que permanecen en nuestro lenguaje y pensamiento. También encaja con lo válido que puede resultar el origen de una palabra para determinar su significado real. Sí, todo lo contrario que he defendido en mi burla a cierta filología, pero no siempre es así, eh.

“Algunos pueblos se imaginan a sus muertos o a cierto número de ellos como ejércitos en combate. Entre los celtas de las Tierras Altas escocesas, este ejército de muertos es designado con una palabra especial: sluagh. Esta palabra se traduce en inglés por “spirit de multitude” o “multitud de espíritus”. El ejército de espíritus vuela en grandes nubes de un lado para otro, como los estorninos sobre la faz de la tierra. Siempre vuelan a los lugares de sus pecados terrenales. Con sus infalibles flechas envenenadas matan a los gatos, perros, ovejas y reses de los hombres. Libran batallas en el aire como los hombres en la tierra. En las noches gélidas y claras, podemos oírlos y ver cómo sus ejércitos avanzan unos contra otros y se repliegan, se repliegan y vuelven a avanzar. Después de una batalla, su sangre tiñe de rojo farallones y rocas. La palabra “gairm” significa “grito, llamada”, y sluagh-gairm era el grito de guerra de los muertos. Más tarde se convirtió en la palabra “slogan”, el nombre que recibe el grito de nuestras masas modernas deriva de los ejércitos de muertos de las Tierras Altas.” Masa y Poder – Elias Canetti

Me encanta esta relación del eslogan con los muertos. Bajo nuestro lenguaje aparentemente ilustrado y científico subyacen los miedos básicos humanos que hacen que el lenguaje de la identidad funcione tan bien como funciona. Creo que es el miedo a la muerte el que activa el inconsciente instinto de pertenencia. El instinto de pertenencia y la muerte están tan imbricados que se puede decir que son lo mismo. El miedo a la muerte también metáfora de ser excluido, de quedarse solo… Es gracias a este miedo que resulta tan fácil cargar el lenguaje de identidad y hacer que una palabra, una frase o todo un discurso queden reducidos a un reconocimiento de un Nosotros. Creo que sin miedo el lenguaje de la identidad no podría existir. Pero como es imposible que el miedo no esté… habrá que reconocer el miedo y estudiar el funcionamiento real del lenguaje y la interacción entre lenguaje ilustrado y lenguaje identitario. Me da que existen unos patrones lingüísticos que se repiten en todas las identidades. Los mismos patrones que hacen que una lengua aparentemente racional pueda ser utilizada para todo lo contrario.

A través de elementos como el eslogan (los muertos), la lengua de la identidad carga de emoción y pertenencia las palabras, puentea el entendimiento más superficial, el ilustrado, el conceptual, el abstracto… para imponer su oculta comunicación emocional. El contenido del lenguaje identitario no se puede descifrar atendiendo a lo que racionalmente significa. Es un lenguaje en el que los argumentos carecen de valor porque sólo se entiende en clave de pertenencia. El mismo argumento puede servir para celebrar el Nosotros o para denigrar al Ellos. Lo importante de ese lenguaje es el sujeto colectivo implícito, saber cuál es su Nosotros. Y aquí, un solo marcador identitario, una sola palabra, puede hacer que todo un discurso tenga un significado identitario diferente.

La función de este lenguaje sólo es galvanizar un grupo y no transmitir argumentos morales. Infectando el lenguaje de marcadores identitarios que activen el inconsciente instinto de pertenencia se consigue que el lenguaje, instrumento de nuestra libertad, la base de nuestro criterio y de la comunicación con uno mismo, deje de ser una herramienta para filosofar, para analizar, para pensarse y pase a convertirse exclusivamente en lenguaje identitario, un instrumento para reconocernos como miembros de una comunidad. Es tan sencillo que asusta. La opinión se convierte así en un gesto más, con el mismo valor como signo de reconocimiento que un penacho de plumas. El lenguaje ha quedado reducido a su función más primitiva, la única información que buscamos en él es averiguar cuál es el Nosotros del hablante.

¿A que los que padecemos la lengua de la identidad en el País Vasco sabemos perfectamente cómo funciona?

(continuará)

Thursday, July 07, 2011

En ocasiones oigo voces (El lenguaje de la identidad 1ª parte)

Muchas gentes modifican la idea de sí mismos cuando se integran en el sistema de producción. Lo he visto. Gentes que se hacen conformistas y se adecuan al Nosotros que detectan como mayoritario, gracias al cual van a sobrevivir y ascender profesionalmente. También es verdad que muchos regresan a la condición de individuo cuando se jubilan. Tienen ya la supervivencia material asgurada y pueden escapar del campo de fuerza de la pertenencia. A algunos cierta vanidad histórica les impide este momento de redención, pienso en Felipe González cuya falsa jubilación es una etapa más en la degeneración que ha sido parte de su vida, pero para otros llega un momento extraño en la introspección y de ajuste de cuentas consigo mismos. Se escapan del Nosotros y parecen recuperar su obligación para la comunidad humana en general. Es entonces cuando son capaces de lo mejor. Un ejemplo conocido de intelectual redimiéndose a golpe a articulo de cada una de sus anteriores sinsorgadas gregarias es Joseba Arregi, aquel Consejero de Cultura del Gobierno Vasco que quería que sus hijos sólo supieran eusquera y alemán. Y que hoy se supera cada día en sus artículos. Un caso parecido parece ser el de Connor Cruise O´brien.

He disfrutado leyendo su libro Voces Ancestrales – Connor Cruise O´brien, recomendado por alguien en el blog de Santiago González. Imprescindible el capítulo dedicado a Patrick Pearse. También la interpretación del autor del Plan de Paz irlandés pone los pelos de punta. Pero lo imprescindible es su constatación de que bajo el lenguaje formalmente profano, ilustrado, ciudadano y aparentemente republicano persisten y dominan conceptos mágicos. Llega aquí más lejos que Orwell y su lengua del no-pensamiento. Connor se acerca más a explicar la lengua de la identidad, la lengua religiosa creadora de Nosotros.

Aunque después la caga, porque él mismo recurre a un concepto cuasimágico: “Voces Ancestrales” una metáfora que poco ayuda a explicar al hombre. El nacionalismo entra dentro de eso que llamamos irracionalismo, toda un área de conductas, sentimientos, reacciones… que continuamos sin entender. Exponer al vampiro, a los espíritus, a las voces ancestrales… a la luz del día es lo mejor para terminar con ellos. Mal vamos si tenemos que recurrir a la poesía. Y esto es lo malo, que el concepto “Voces Ancestrales” tiene un significado ilustrado imposible. Es bastante inútil para que los hombres que las oyen se entiendan a sí mismos y las acallen. Su poder como conjuro científico contra las sombras es muy limitado. De una utilidad práctica nula.
Además, es un concepto que da lugar a equívocos. Porque, a ver, ¿cuáles son los ancestros que susurran al siniestro inconsciente de Troitiño o de Ignacio de Juana Chaos? Todos menos los suyos. Obvio. Y a más del 90 % de la población del País Vasco. O incluso al 100%. Todos tienen que discriminar a algunos ancestros para escuchar a los que están de moda. El propio Arzalú, principal intérprete del pasado y el sentido de la historia gregaria, debe de hacer esfuerzos desmedidos para acallar la voz de su ancestro más cercano: su papá. O sea, que de ancestrales esas voces poco. Son más bien fantasmas modernos disfrazados de atavismo.

“Voces ancestrales” como concepto deja mucho que desear. Es tan poético, como poco científico. A no ser que admitamos el espiritismo como modalidad política y confiemos en la ouija, en la lectura de los posos de café o en la filología. Habría que hacer un esfuerzo por darle un contenido más comprensible a la metáfora. Es verdad que su supuesto equivalente científico “inconsciente colectivo” es igual de chamánico y críptico. Con lo fácil que resulta hablar de “instinto de pertenencia”. Y todos podemos reconocer a posteriori cómo ese instinto nos ha condicionado. Pero eso de oír voces… literatura.

*Voy a intentar sistematizar un poco el mecanismo gracias al cual el lenguaje ilustrado se convierte en lenguaje identitario. Cómo un lenguaje cuya principal función es argumentar y transmitir información queda reducido a un instrumento para celebrar el Nosotros y confirmar nuestra pertenencia. En realidad no sé cómo lo hace, pero bueno, a ver cómo sale.

Monday, June 27, 2011

El estigma

-¿Tú no eres de aquí, verdad?
-Yo sí, yo nací en Baracaldo.
-Bueno, pero tus padres, digo.

En realidad todo esto de Oskar Matute, Elena Garchia, de los apañoles renunciando a la palabra con la que llamaban a su padre… es la mar de instructivo.

La comunidad es una fuente importante de autoestima. Al compararse con los miembros de OTRA COMUNIDAD, el valor personal del miembro de un Nosotros viene dado por el valor de la comunidad de la que forma parte. Es obvio que hay comunidades que ofrecen más orgullo que otras. El miembro del Nosotros vasco al pagar el peaje de la pertenencia recibe a cambio de la despersonalización un alto valor de sí mismo. Algo es algo. En cambio el español recibe un autodesprecio como elemento indisociable de su identidad colectiva. Incluso a la hora de compararse con los miembros de otra comunidad es el propio español el que valora al vasco más que a sí mismo. Si no, no se entiende.

Al compararse con los miembros de la MISMA COMUNIDAD el valor personal de cada miembro viene dado por la posición jerárquica que ocupa, por su cercanía al líder o, en un colectivismo puro como el nacionalista, por el cumplimiento de cada uno de los requisitos que forman al grupo y jerarquizan la comunidad. Desgañitarse coloreándose a sí mismos con todos los marcadores identitarios posibles es hacer la pelota al Nosotros para garantizarse una posición social y económica privilegiada. Esto es así en todas las sociedades litúrgicas del mundo, o sea todas, y no hay por qué darle más vueltas.

¿Pero qué ocurre cuando alguien crece en un Nosotros que niega tu identidad y la avergüenza? Para mí, la parte más divertida del experimento social que se está llevando a cabo en el País Vasco está en el comportamiento patológico de todos aquellos que tienen cierta desventaja con las reglas de pertenencia étnicas con las que estamos definiendo el grupo. Los apañoles, claro.

Para ellos ser vasco es imposible. En el fondo lo saben. Al poner el instinto de pertenencia en contra de su identidad colectiva originaria, al establecer unos requisitos de pertenencia imposibles de cumplir les inculcamos de forma artificial la vergüenza de sí mismos y de su propio origen, el sentimiento de culpa de ser emigrante, de fuera, una vergüenza semiconsciente de ser o haber sido lo que uno es. Una vergüenza que el afectado se empeñará en negar incluso a sí mismo. Paradójicamente negarse esta vergüenza a sí mismo va a ser el motor psicológico de la obediencia, de su adhesión. Es lo que va a garantizar su servilismo. Este es el truco, la demanda de pureza tiene que ser inalcanzable, para que el adepto viva en un estado continuo de vergüenza y para que intente compensar esta vergüenza a base de ser extraordinariamente constante en el resto de los cumplimientos que se le exigen. Así sí se entiende la obediente tx, el aita, y hasta llamar a alguien con un mortificante Garikoitz, que ya les vale.

Con su activismo se redimen de su humillación, de la que consideran su humillación, su origen. En el truco es fácilmente reconocible la psicología católica del pecado original que garantiza un esfuerzo mayor de purificación para acceder al paraíso celestial, en este caso de disolución en el paraíso nosotril.

Lo cierto es que, como su antecesor, el nacionalismo aplica una lógica conductista preciosa. Esclavismo invisible, para lelos, sí, pero cachondo de observar. Aquí un antropólogo serio no duraba dos días sin morirse de risa.

Friday, February 11, 2011

El autodesprecio y la codicia, una relación perfecta

El autodesprecio y la codicia, una relación perfecta

“… aquellos que no tenemos en nuestras venas una sola gota de sangre castellana somos fervientes adoradores de España, y aquellos que a la segunda o tercera generación se encuentran con padres castellanos odian – ésta es la palabra – a España y a Castilla.”

“Yo, que soy vasco, puedo decir, que en medio de las mil virtudes de mi raza, tiene un defecto… y este defecto es la codicia.”

Víctor Pradera – Discurso en el Congreso de los Diputados, 17 de abril de 1918.

La interacción entre estas dos características – el autodesprecio de los pusilánimes y la codicia de los pragmáticos foralistas, con todos sus disfraces alternativos – explica la relación de los últimos siglos entre Apaña y el País Vasco.

Es un hecho objetivo que el apañol considera superior al vasco. Contra esta neurosis es muy difícil combatir. En los años en que trabajé en Madrid a mí también me ocurrió. Estaba allí en una ciudad extraña en la que apenas conocía gente. Y me venía una compañera de trabajo y me decía que los andaluces eran unos falsos y que un vasco era un amigo para toda la vida, que éramos gente noble…. y me daba unas magdalenas. Yo encantado. Uno es débil, y le es muy difícil no beneficiarse del status de superioridad que los otros espontáneamente te conceden.

Es completamente normal que los avariciosos se aprovechen del autodesprecio de los apañoles para sacar tajada. La avaricia está en nuestro carácter y en la del apañol hacer el ridi. Nos complementamos perfectamente. A ver ¿por qué no nos íbamos a aprovechar de esta patología de los apañoles? La avaricia al fin y al cabo es una cosa bastante más natural que el problema profundo que los apañoles tienen consigo mismos.

Wednesday, February 02, 2011

EL RELATO INVISIBLE

“Porque un patriota, en el mejor sentido de la palabra, es alguien que tiene un proyecto de país, propio, que cree identidad, que dé perfiles, que ponga en valor lo propio”
José Luis Rodríguez Zapatero


1º - EL NACIONALISMO
Recuerdo una conversación con dos historiadores preocupados porque el conocimiento quedaba siempre a un nivel muy superficial sin conseguir vincular los actos de los hombres y modificar la realidad. Es tan corriente que alguien capaz de formular las ideas más altruistas se escaquee del pago de un café, sea un trepa en su trabajo, se comporte con su mujer como un tirano y en su vida social como un mezquino… Se preguntaban ¿cómo hay que contar la historia para que el hombre se sienta vinculado en todos los aspectos de su vida y se convierta en un sujeto moral?, ¿cómo hay que transmitir el conocimiento para que el hombre que lo posea se modifique a sí mismo de acuerdo a su propio criterio, modifique su actitud y la realidad sobre la que actúa? La respuesta la teníamos delante. No la veíamos.
En otras conversaciones nos extrañábamos de la asombrosa capacidad de movilización de la borrokada, y del mismo nacionalismo vasco. Ningún partido puede competir en entusiasmo y compromiso con la izquierda abertzale. Nunca relacionamos estas dos cuestiones. ¿Cómo hay que transmitir los mensajes?, ¿cómo hay que contar la Historia? La respuesta era obvia: tal y como lo hacen los nacionalistas. Pero ¿cómo lo hacen?
¿De dónde sale la capacidad de movilización de la izquierda aberchale? ¿Cuál es el truco? Analizamos su ideología y es insustancial, por no decir tonta. Además, el conocimiento que sus seguidores tienen de ella es mínimo. El análisis racional del nacionalismo resulta descorazonador, sólo nos permite una conclusión: están locos. Una vez que les ponemos la etiqueta de “irracionalismo” parece que no hay necesidad ya de una explicación.

Como todo su lenguaje parece infiltrado por una narración invisible, por deformación profesional – lo de profesional en mi gremio es sólo una forma de hablar - comencé a hacer del nacionalismo un análisis narrativo aplicando las técnicas del guión cinematográfico. En realidad bajo su apariencia de ideología sólo hay un sencillo cuento. Los nacionalistas son más guionistas que ideólogos. Se dedican a novelar el tiempo y a deducir de él relato. La verdad histórica les importa un bledo, pero ellos son siempre fieles a su ficción. El análisis ideológico no es la herramienta para acercarse al nacionalismo y desmontarlo. Y mucho menos para combatirlo. Porque no les han creado una ideología, les han creado un relato

Así es como lo hacen, movilizan a su peña y organizan la sociedad con un relato invisible. Una narración invisible que nunca enuncian explícitamente pero que está siempre presente en todas sus metáforas. El protagonista es un sujeto colectivo, un Nosotros. Este Nosotros es su identidad, el sujeto de su relato. Utilizan técnicas narrativas para organizar una comunidad en la consecución de un fin, haciendo sentir a sus fieles artífices de un proyecto colectivo. Y, siento decirlo, narrativamente son mucho más fuertes que los cartesianos, por llamar de algún modo a los que creen en el debate argumental. Y son más fuertes por la sencilla razón de que la estructura narrativa a la que ellos son fieles es muchísimo más movilizadora que cualquier reflexión filosófica. El sesudo análisis racional, tiene una extraña tendencia a enredarse en sí mismo y a producir gente pasiva. El pensamiento narrativo moviliza convirtiendo a la persona en protagonista de una historia y capaz de condicionar todos los aspectos, hasta los más íntimos, de su vida. Las acciones pasan a tener sentido dentro del marco de la propia historia de la que nos creemos partícipes. Porque enlaza las acciones humanas individuales con una historia mayor que le da sentido a todo. Cada acción, hasta la más mínima, se lleva a cabo como indispensable para ese episodio, esa parte del relato completo del que nos creemos parte. Así es como el nacionalismo consigue modificar hasta las actitudes más insignificantes. Por eso mis ex amigos y cientos de personas de mi entorno se han cambiado los nombres, los apellidos, se ponen tezetas y pendientes hasta en el culo y dicen “aita”, porque el relato les abduce tan completamente que hasta condiciona su forma de vestir, mirar y caminar. El relato modifica la misma idea que ellos tienen de sí mismos. El relato es la identidad.

La narración funciona como un atajo para evitar el engorro del pensamiento abstracto, permite atajar las enrevesadas argumentaciones racionales y hace que el interprete por medio de los mecanismos de identificación con el personaje – en este caso es siempre un personaje colectivo – se sienta poseedor de un saber que no admite duda. La narración es capaz de sintetizar inmensas cantidades de información y argumentos en sencillas pautas narrativas que conforman un relato. La narración tiene movimiento y por tanto sirve de detonante de la acción. Es una forma de comunicación mucho más efectiva que el pensamiento abstracto. Motiva al sujeto, le compromete al completo. Gracias al pensamiento narrativo y a los mecanismos de identificación con el personaje podemos entender mejor por qué jugábamos a espadas después de ver La Guerra de las galaxias, o incluso alguno se ha tirado por la azotea después de ver Superman, o por qué hubo suicidios masivos tras leer Werther, por qué don Quijote se volvió loco, o a madame Bovary le pudieron las historias de amor…. y también por qué los apañoles se cambian el nombre y hacen que sus hijos se dirijan a ellos con palabras como Aita con las que no tienen ningún vínculo emocional. (No es sólo la presión del entorno y el miedo a la diferencia, hay algo más.) Gracias a la narrativa podemos entender el fascinante compromiso infantil de la izquierda abertzale. El héroe, el ejemplo de los arquetipos, el mecanismo espontáneo de identificación con los personajes, los deseos de emulación que la identificación provoca, la supervivencia a través de un personaje colectivo inmortal… tienen bastante más capacidad para condicionar las actitudes de los hombres que el aprendizaje tradicional y la mera enunciación de una idea. (Los modelos heroicos que sirven de ejemplo a los borrokas tienen muchos elementos del arquetipo heroico tradicional, como el sacrificio, la inmortalidad a través de su acción... Ellos ven en De Juana Chaos a una persona capaz de sacrificarse por una causa mayor, la comunidad, el pueblo. Da igual que sea una comunidad inmoral y que el sacrificio no sea tal, sino un asesinato. Pero ante este modelo movilizador ¿qué contrapone nuestra sociedad ilustrada? Muy poquito.)

Hitler era un narrador extraordinario. Organizaba la sociedad con un relato imaginario que se autogestionaba de forma espontánea. Les contaba a los alemanes quiénes eran, en qué momento del relato se encontraban y lo que había que hacer para llegar a un futuro inevitable. Así deducían su identidad de ese relato. La identidad es siempre un relato. Herlz, inspirador de Hitler, también era un escritor de realidades y ahí está el Estado de Israel, fundamentado en un título bíblico, como producto de su relato, como prueba de la fuerza de estás épicas de pueblos. El propio Sabino plagia la narrativa del pueblo judío. La fuerza de Marx no se debe a su condición de filósofo, ni a su teoría de las plusvalías, ni de la alienación, ni del materialismo histórico, sino a su condición de narrador y a convertir la historia de la humanidad en un relato del que el hombre se sentía protagonista por su pertenencia a una clase. El marxismo es una religión. Marx, al igual que Sabino, creó un relato con un protagonista colectivo, una identidad social trascendente, otro Nosotros, la clase social proletaria, enfrentado a un ellos: los burgueses. (Aunque ideológicamente marxismo y nacionalismo no tengan nada que ver, desde un punto de vista narrativo son muy similares. Los dos regalan trascendencia a través de un protagonista colectivo, de una clase uno y de una etnia el otro. Marxismo, Nacionalismo y Progresismo, los tres tienen los mismos elementos narrativos y los tres buscan dar solución al mismo tipo de necesidades religiosas del hombre. Así parece más coherente la cantidad de gente que ha pasado del catolicismo al nacionalismo pasando por el marxismo.)

Aceptar el planteamiento ilustrado de que la gente se hizo comunista porque había leído a Marx es una barbaridad. Casi nadie leyó a Marx pero, mientras los ilustrados debatían los argumentos, la imparable narrativa que subyacía bajo la ideología cambió el mundo. No creo que ni Marx ni Sabino fueran conscientes de que estaban creando un cuerpo colectivo inmortal, que bajo sus palabras se escondía una vieja religión pagana, un comunitarismo orgánico propio del tribalismo africano más atávico. Paradójicamente Sabino lo que pretendía era salvar la catolicidad de los vascos. Lo hizo con una herejía anticristiana.

El progresismo es otro relato.


2º - JOSÉ LUÍS

Con Zapatero nos ocurre algo parecido a lo que nos ocurre cuando intentamos analizar racionalmente el nacionalismo. ¿Cómo consigue ganar elecciones, cómo consigue decir una cosa y hacer la contraria sin coste electoral alguno? ¿Cómo consigue – y ha sido maravilloso verlo – que multitud de intelectuales, periodistas, catedráticos… - demostrando que la pertenencia que se deduce del relato progre tiene prioridad sobre cualquier razonamiento moral - se desdigan de todo lo que hasta entonces habían defendido y comiencen a argumentar para defender las tontadas de José Luís? Parece casi esoterismo, magia negra. De nuevo, si analizamos racionalmente el lenguaje de José Luís, nos resulta tan banal, vago e insulso que no podemos sino llegar a la misma conclusión que antes llegaron Le Bon y Ortega: las masas son miméticas, irracionales, son tontas. Perdidas. Volvemos a poner la etiqueta de irracionalismo a todo el fenómeno, y una vez que uno ha llegado a esta conclusión no le queda menos que cruzarse de brazos y desesperarse con la naturaleza humana.

Pero, ¿y si Le Bon se equivocaba?, ¿y si las masas no son tan tontas? No es fácil ser un demagogo populista, cientos de líderes lo han intentado y a muy pocos les ha resultado. Así que, igual, bajo su palabrería hay algo más, algo a lo que las masas están reaccionando. Es importante saber cómo se está comunicando Zapatero con sus votantes. ¿Cómo lo hace? Hay un principio que organiza toda la magnífica vaguedad del discurso de José Luís, que le da unidad y una capacidad de movilización enorme. Creo que hay que analizarlos más allá de lo obvio, de que con su lenguaje identitario cataliza un Nosotros… hay algo más que la mera pertenencia. ¿Qué tienen en común Zapatero y sus progres y el nacionalismo vasco? Lo mismo. El relato, es la misma narrativa. Lo que subyace siempre es una narración.

Tienen que estar volviéndose locos los analistas, los lingüistas, los filósofos, los pensadores políticos... La única forma de entender el éxito de José Luís es desde la categoría más despreciada por la ilustración: la narrativa. Hay que analizar el sujeto en las frases de zapatero y del nacionalismo. Es el mismo tipo de sujeto colectivo, un Nosotros. Hay que analizar su obsesión por el pasado y los muertos como catalizador identitario, su ellos, - los del PP caricaturizados, los excluidos son fundamentales, el miedo a la exclusión es muy aglutinador - su futuro siempre optimista e inevitable, la continuidad… se trata de la misma estructura movilizadora de siempre. Calcada. La narración y la identidad están tan imbricadas que una camufla a la otra. Prestamos mucha atención a la pertenencia, conocemos sus mecanismos, el miedo a la soledad, la gestión del mimetismo, las espirales de adhesión que crean las mayorías, el miedo a la exclusión… pero no prestamos atención al mecanismo último que crea una identidad: el relato. Es un simple relato con el que se gestionan los instintos miméticos y de pertenencia. La identidad es el fruto de un relato que nunca se enuncia explícitamente. La identidad es inmortalidad, porque es trascendencia a través de una comunidad entendida como un ser orgánico que no muere, es religión. Tal vez por eso todas sus reivindicaciones tienen un sustrato de muerte. La muerte es el elemento galvanizador por excelencia.

¿Y si es eso? ¿Y si las masas están reaccionando a un existencialismo elemental que solucionan con una narración trascendente siempre con el mismo truquito de la inmortalidad a través de un ente colectivo? ¿Puede ser que los que más ateos se creen resulten ser los más religiosos? La gente va a votar, hace una cola y vota. Se toma su tiempo, sus incomodidades. Nada es más comprometedor que lo que hacemos libremente. ¿Qué recibe por tanto esfuerzo? ¿Qué compra la gente con su voto? ¿Qué busca a cambio de su voto? Llevo un tiempo convencido de que la gente cuando vota compra aventura, sentirse parte de algo, de un algo grande que dé sentido y significado a su insignificancia. El aspecto ideológico no es, ni pa´diez, el más importante. El aspecto ideológico y la coherencia argumental no son fundamentales.

Un Nosotros ofrece muchas de las cosas que la gente busca: cobijo, seguridad, un curro relajado, amistad, pertenencia… y, encima, los Nosotros más consistentes, se apropian del pasado más remoto y del futuro para pretenderse cierta continuidad a lo largo de la historia. Te regala continuidad a través de su identidad. La necesidad a la que se pretende dar respuesta entra ya en el terreno de la religión. En un Nosotros se mezclan las necesidades más vulgares con las más sublimes. Un buen Nosotros abarca todo el arco de motivaciones, desde las alubias hasta cierto sentido de inmortalidad. La pirámide de Masslow en una sola capa. Un paquete irresistible. Te regala trascendencia e inmortalidad, “Te invito a participar en algo grande y eterno”. “Ah, la sempiterna lucha de los vascos…” “La lucha de clases” “El progreso” “La patría….” Todos esos sistemas de inmortalidad, peligrosísimos melodramas autotrascendentes. Puede que sea una mentira pero, qué más da que lo sea, si sirve para sobrevivir estupendamente y no estar solos. Todos, los interesados materialistas, los miméticos, los solitarios, los gilipollas, los débiles sociales en busca de amigotes… cada uno por sus razones o sus instintos va a correr a alistarse al Nosotros. Cuanto mejor construido un Nosotros mayor abanico de gente con diferentes intereses atrae.

Si no sabes contar una historia y ofrecerle a la gente trascendencia, una narrativa de la que formar parte, estás perdido. Al votar compramos identidad, nuestro lugar en el relato, compramos trascendencia. No hay nada que los miembros de las masas quieran más que les digan quiénes son, adónde van, de dónde vienen. Y que les regalen alguna forma de trascendencia a través de la comunidad, de la identidad colectiva que gestiona el líder. Al final, la masa es desesperadamente religiosa, o sea, narrativa, como los somos todos los seres humanos.

Se equivocan Ortega y Le Bon, las masas no son tontas, las masas son narrativas. Están siendo coordinadas por un relato que cuenta José Luis, un cuentista. Es el relato el que gestiona la aparente irracionalidad de la masa. El cuento que les cuenta quiénes son. Los hombres siguen, como nunca han dejado de estarlo, desesperados a la búsqueda de significados. El ser humano nunca ha dejado de ser religioso, sólo que ahora consume trascendencia de quien se la proporciona y ya no es la iglesia católica. Los vendedores de trascendencia, lo curas de hoy, no visten sotana. La religión moderna no está en eso que llamamos religión. La secularización nunca ha existido, en realidad se ha producido una transferencia de sacralidad, la inmortalidad se consigue hoy a través de la adhesión a una comunidad imaginaria y a su relato épico. La comunidad progre, la comunidad nacionalista, el Islam, la egolatría…. Todos ellos, no lo saben, pero son los ateos comportándose religiosamente.



3º - PENSAMIENTO NARRATIVO

Los ilustrados tienen demasiada fe en el poder de la razón y los argumentos. Nunca he entendido por qué. Cuando siempre que discutimos confiando en la fuerza argumental jamás conseguimos hacer cambiar de opinión a un nacionalista o a un progre, por no decir a nadie. (Es curioso, los insultos son más eficaces) ¿Entonces, por qué los valoramos tanto? A los del PP les ocurre algo parecido. Qué obsesión por la ideología, por rebatir los argumentos, pero sí la izquierda se está demostrando cada día más como una identidad que como una ideología. Mientras apelen a la razón o a la inteligencia no hay nada que hacer. No puedes dirigirte a la inteligencia cuando tu rival, precisamente, la está puenteando. La gente cree en José Luís, porque es el único en enmarcar sus “ideas” dentro de una narración invisible. Además, la ambigüedad propia de toda narración admite la contradicción, ayuda a que cada uno proyecte en el relato su propia fantasía. No hay ningún secreto lingüístico en la parla de José Luís, la clave de su éxito está en la continuidad, en la narrativa que esconden sus palabras. No hay nada como poner a tu servicio la fantasía de la gente. Lo peor ante estas armas es caer en la trampa y entrar a discutir tratándolas como ideología. No hay nada de ideología en Zp. José Luis con su narración crea identidad, excita el instinto grupal, la opinión mayoritaria que hay que vestir a cada momento para ser aceptado… y boicotea el raciocinio. Las narraciones son perfectamente compatibles con las contradicciones argumentales. Rebatir argumentos es inútil. En la palabrería de José Luis nada hay discursivo ni que siga pautas normales de raciocinio. José Luís no es un ilustrado y no se le puede analizar desde la razón, pero no importa, porque su audiencia tampoco lo es. No hay nada más inútil y frustrante, en el País Vasco lo sabemos bien, que tratar a una identidad como si fuese una opinión fundamentada.

A un relato sólo lo vence otro relato. Por eso, más que de ideas o eslóganes aislados hay que impregnar los discursos de una narrativa que parezca inevitable. Que parezca inevitable como resultado de una secuencia deducida del tiempo cuyo primer mojón es el pasado más remoto. La misma inevitabilidad que hacía el marxismo de la dictadura del proletariado, la inevitabilidad que hace el nacionalismo de la euskalerria étnicamente pura, como cuerpo orgánico que sobrevive siempre, el inevitable reich de los mil años… todas estas inevitabilidades que se deducen de una secuencia histórica trucada, de una interpretación parcial de la historia crean miles de creyentes, con una fe ciega en esta secuencia. Secuencia que ellos llaman “el sentido de la historia”. Siguiendo esa imaginaria línea de puntos podemos adentrarnos en el territorio de las incertidumbres, en el futuro, lo que la gente más teme: la muerte. Cuando se habla en términos narrativos, el carácter secuencial de toda narrativa hace que algo ocurra en la cabeza de la audiencia, crea visiones de futuro que parecen inevitables. Fenómeno favorecido por la estructura mitológica y el carácter colectivo del personaje protagonista que diluye el yo y conecta al individuo con el universo y un tiempo no histórico. También cierta ambigüedad ayuda a que el oyente le otorgue a esos pensamientos visionarios un carácter personal. Es una forma de pensamiento primitivo que aunque parezca cercano a la brujería, está ahí. Es religión. Y nos condiciona mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.

El nacionalismo y el progresismo nos han llevado a luchar en su terreno, en lo irracional y, aquí, el pensamiento cartesiano analítico liberal está pésimamente pertrechado frente al pensamiento narrativo simbólico de los nacionalistas. El pensamiento racional ha despreciado la narrativa, y ha dejado los mitos y los símbolos en manos de gentuzas sin escrúpulos que los gestionan en beneficio propio. Cuando precisamente son los relatos los que catalizan las comunidades. Es un poder inmenso, porque el que posee el relato gestiona las pertenencias, la sociabilidad, las identidades. Es la narrativa la que gestiona el instinto mimético.

Al nacionalismo, al progresismo… a cualquier narrativa el pensamiento se la pela, sabe que le puede. Sus trucos de conductismo social son mucho más eficaces que cualquier pasatiempo intelectual. Ellos conectan a sus acólitos con un orden moral superior, trascendente, inmortal, intuitivo, espontáneo. Ellos modifican las actitudes de los hombres, los coordinan de forma invisible, les regalan un orgullo, un pueblo inmortal, un líquido amniótico maternal, una pertenencia contra la que el pensamiento nada puede. El intelecto puede explicar cómo funciona, puede ver el truco y describirlo, pero hasta ahora se ha mostrado bastante torpe para bajar a la arena de los relatos y vencerles con su propio relato racional.

4 - ESPAÑA

El análisis narrativo puede entrar a ordenar ese magma comodón que hasta ahora se ha denominado, con desprecio e inseguridad, como irracionalismo. Desde un punto de vista racional nos partimos la caja cuando el ciclista dice que “el pueblo vasco tiene 7000 años, ¡por lo menos! Que él no es más que el eslabón de una cadena milenaria.” Pero desde un punto de vista narrativo nos damos cuenta de que Ibarretxe se está apropiando del tiempo mitológico para su causa, del primer mojón de la secuencia narrativa. Porque el relato que realmente vincula localiza su origen en un tiempo remoto inverificable. El milenarismo de Ibarretxe es el equivalente narrativo del “Érase una vez”. Del mismo modo, al situar la felicidad en una independencia futura, equivale al “Fueron felices y comieron perdices”. Un infierno presente y un cielo prometido situado más allá de la muerte. El truco lleva funcionando miles de años con el catolicismo. Los ancestros de 7000 años de los que todos nos pitorreamos tienen una fuerza narrativa inmensa. Los mecanismos de defensa que utilizamos contra la manipulación son racionales y no filtran unos mitos que se cuelan emboscados bajo frases de apariencia inocua.
Para desmontar su poder el debate ideológico resulta impotente, hay que pelear con ellos creando un relato alternativo y utilizando los mismos trucos narrativos. Hay que entrar a competir en el mercado de los relatos y romper el monopolio identitario de nacionalistas y progres en productos narrativos. Hay que crear un relato de España, un relato ciudadano que tenga todos los elementos épicos y que respete el tiempo mitológico propio de los relatos que crean identidades fuertes. Hay un problema.
Extrañamente, el español nunca ha sido nacionalista, no se conforma con tan poco, tiene mente religiosa, necesita una causa universal. El español siente a lo grande, mucho más allá de su terruño. Diluir España en un relato ciudadano universal es aprovechar ciertas sinergias de nuestra historia-relato. Unamuno decía de Cervantes “de puro español llegó a una como renuncia de su españolismo, llegó al espíritu universal, al hombre que duerme dentro de nosotros.” El relato al que hay que invitar al español ha de ser universal. Cualquier identidad que no sea universal al español no le alcanza, no le llega a la suela del zapato. Hay que recuperar un patriotismo humanista para intentar hacer de España una vanguardia de valores universales, de un relato para todos. Se trata un poco de eso, de devolverle protagonismo al ciudadano anónimo, de invitarle a una aventura trascendente, a un proyecto de mejora mundial. Así se compite con el nacionalismo en su propio campo al ofrecer al ciudadano corriente la fe ciega de pertenecer a los que hacen historia. E Historia, para progres y nacionalistas, no es otra cosa que inmortalidad. Se puede hacer lo mismo y convertir los valores universales y a la humanidad en un ente colectivo inmortal, el sujeto de una narración que termine con los antirrelatos tribales de las narrativas excluyentes. Un relato de la humanidad en España. Un relato racional, que la razón aporte su moral universal a la narración, para así crear una narrativa humana, la del único Nosotros sin Ellos. La ciudadanía persigue, con su lenguaje ilustrado, exactamente lo mismo que el cristianismo con sus metáforas narrativas. El cristianismo es el único nosotros sin ellos.

El problema es que a España le falta el relato de los españoles como comunidad. España no tiene una identidad ciudadana porque no tiene un relato. Hay que actualizarlo. Hay que crear una mitología ciudadana, ¿por qué no? Se trata de organizar la experiencia colectiva de otra manera, de forma que se proyecte en el futuro y regale alguna forma de inmortalidad, de significado, de trascendencia. No hay nada de malo en regalar trascendencia a través de la lucha por la ciudadanía, e invitar a la gente a esta aventura trascendente. Si algún día la ciudadanía mundial finalmente existe, los españoles podremos decir que en nuestro territorio hemos cumplido con nuestra parte del ideal. Que cada uno pueda interpretar el relato de su vida dentro de un relato colectivo mayor que lo integre. Y que este relato sea moral, de acuerdo al concepto racional de moral. Hay mucho bricolaje simbólico por hacer porque el espacio simbólico español está prácticamente virgen. Los símbolos ciudadanos de España como comunidad de ciudadanos están por fabricar, y la narración de este colectivo también.

Gana el que filtra los Nosotros, el que capta parte de sus gentes y arrasa el que los absorbe. Es difícil vencerles, pero se puede, hay que robarles los mitos para englobar su nosotros con otro Nosotros, ridiculizar su narración con un metarrelato más eficaz y más humano. También se puede utilizar su propio lenguaje identitario pero para catalizar desde una narrativa moral, un Nosotros mayor. Un Nosotros sin Ellos.

¿Por qué no se puede poner a trabajar el mimetismo a favor de la moral? ¿Por qué no se puede racionalizar la narrativa? ¿Qué pasaría si mezclásemos la capacidad de movilización de la narrativa con la capacidad moral de la razón?, ¿si mezclásemos a Hitler con Kant? La primera consecuencia sería que los fanáticos dejarían de ser letales. Seguirían siendo unos pesados, eso sí.

Es posible crear ese guión. Se trata de reconstruir una trama narrativa colectiva que ya está ahí. Reinterpretar la secuencia histórica. Subrayar unos eventos y ridiculizar los eventos con los que el rival estructura su relato, todo para crear una nueva continuidad. Hay que buscar muertos, como hace José Luis, arquetipos que proponer como modelos a seguir y atribuirles cierta inmortalidad por su contribución al ente colectivo universal.

Es la pelea por la continuidad. Los analistas no van a prestar atención a esta continuidad, pero el hombre de la calle es lo que inconscientemente va a captar. El hombre moderno ha perdido el sentido de continuidad que tenían las comunidades primitivas y lo busca desesperadamente. Tan desesperadamente que acuden al primer buhonero y compran Nosotros de bisutería. El relato, la continuidad establece un sujeto de la historia, una identidad. Así se vende Comunidad, la idea trascendente de un Nosotros.

Robarles los mitos es robarles la interpretación de la muerte, del pasado. Entonces eres tú el que maneja el relato colectivo, eres tú el chamán, el interprete del cuento que todos protagonizamos, el que nos dice quiénes somos y en qué episodio del relato estamos. El que tiene el relato maneja también a su protagonista colectivo, define los contornos del Nosotros, los criterios de pertenencia y en última instancia la sociabilidad. Les quitas el cuento y pones la narración a tu servicio.

Lo más importante no es generar nuevas ideas ni combatir con argumentos las tontadas del rival, lo fundamental es ganar la batalla narrativa. Y los instrumentos convencionales de comunicación, la razón, los argumentos, los datos… no son los adecuados para esta tarea. Uno puede tenerlo todo a su favor y perder la batalla porque no se controlan las técnicas narrativas. Tal y como ha ocurrido en las últimas elecciones generales.

Las ideas no cambian el comportamiento de la gente. La gente no deduce una moral de unos principios abstractos, la gente no lee a Kant ni entiende ni jota del imperativo categórico. La gente deduce su idea de bien y mal buscando la coherencia con la narrativa colectiva de la que se cree parte. Vista así, la identidad individual sería el papel que cada uno cree estar interpretando dentro de una narración colectiva de la que se cree actor y coautor. Ese argumento continuo que creemos estar viviendo es de donde realmente deducimos el “deber ser”. Por eso resulta tan extraordinariamente irresponsable la dejación que ha hecho el pensamiento lógico de la narrativa. El relato sí modifica los comportamientos. (Aunque, eso sí, no modifica la parla)

Si son los relatos los que conforman identidades, si la gente piensa más en categorías narrativas que en razonamientos abstractos, entonces tratar de comunicar con la gente con abstracciones es una perdida de tiempo que requiere de un esfuerzo enorme. Si es tan sencillo comunicar con relatos que conectan con el relato básico que todos tenemos en nuestra cabeza, ¿por qué no hacerlo? Los líderes lideran a través de relatos. No nos decidimos qué hacer hasta que no decidimos cuál es la historia en la que estamos participando. Así que si se quiere cambiar las actitudes de la gente hay que cambiar el relato. Hay que estimular un nuevo relato en la mente de los votantes. Puedo ayudar a crear este relato catalizador, a ayudar a los votantes a imaginar una historia diferente de la que formar parte. Un relato más moral, con el que se pueda vivir más a gusto.

En fin todo este rollo para decir que lo suyo es explicar la ciudadanía no como una idea, sino como una identidad surgida de un relato. La últimas campañas de presidentes americanos no se las diseñaron ideólogos, sino guionistas expertos en relatos. Al fin y al cabo, el secreto para movilizar a la gente pasa por convertirles en protagonistas de un relato. Labor de guionistas.

*Pido disculpas por las fantasmadas que surgen de forma inevitable cuando alguien escribe sobre algo que le sobrepasa. Aún así, espero que pueda inspirar y ayudar a crear un buen cuento electoral. La audiencia es un niño, y en la batalla por la atención vence el que tiene el mejor cuento. Invisible, claro.